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Querido amigo, cuánto duele tu partida.

La mirada de un animal. Diana. El tren de la vida

Llevo meses intentando escribir este pequeño artículo, y siempre me pasa lo mismo: miro a mis perras, se me cambia la cara, se me quiebra la voz, las lágrimas nublan mi vista… entonces desisto. Hoy no, hoy lo voy a hacer, hoy voy a escribir acerca de algo tan doloroso como es el soportar la partida de un compañero fiel, un compañero leal, y de cómo en un abrir y cerrar de ojos se hace un balance de nuestra existencia al lado de nuestro amigo, mientras nuestro corazón se rompe en mil pedazos.

Por mucho que nos queramos anticipar, y por mucho que lo veamos venir, es imposible prepararse para esa partida, muchísimo menos si esta se produce de forma repentina.

Aunque hay algo en nuestra sociedad que está cambiando, aún existe mucha falta de empatía en este sentido, ya que hay mucha gente que “no entiende” cómo se puede echar tanto de menos a “un perro”. Pues resulta que cuando un perro llega a tu vida, ya nada vuelve a ser igual, y hablo por experiencia propia. De pronto se desarrolla un mundo a tu alrededor lleno de contrastes que al principio pasan desapercibidos, pero que con el tiempo, uno se va dando cuenta lo importante que es compartir nuestra vida con un perro. De pronto has tenido un día horrible en el trabajo, y llegas a casa y todo se te olvida cuando vas a atender a tu amigo que no para de llamar tu atención porque está contento y feliz de verte. Cuando te das cuenta de lo que significa tu perro, y analizas cada momento de su vida con la tuya, llegas a entender que no son dos vidas separadas por ser seres de distinta especie. En muy poco intervalo de tiempo, un perro se instala en tu corazón para no salir de él nunca más a lo largo de tu existencia, no ya solo de la suya.

Pero es la poca longevidad de nuestros amigos comparada con la nuestra, lo que nos golpea el alma de forma irremediable. Y todavía hay gente que piensa que a los perros, ni hay que mirarlos, ni hay que tocarlos, ni hay que hablarles… Y yo digo, pobres infelices que no se detienen a mirar a los ojos de un perro cuando este te mira y echa las orejas hacia atrás mientras lo acaricias, esos momentos son inigualables en emoción.

¿Por qué nos duele tanto su partida? Muy sencillo, porque se nos va parte de nosotros, porque se nos va un amigo fiel y leal, porque se nos va el símbolo más claro de lo que yo llamo el auténtico amor verdadero, porque se nos va quien camina con nosotros día a día y para el que somos su todo, porque ya la vida no es igual sin poder abrazarlo o besarlo aunque nunca se vayan de nosotros, porque miras a su rincón y no está, porque lo llamas y no viene, porque lo buscas y no lo encuentras… por todas estas cosas nuestra alma se parte, nuestro corazón se estremece, y nuestro ser no logra entender por qué se tuvo que ir y dejarnos así, sin consuelo posible.

Pero hay algo que si podemos hacer, y ese algo es esforzarnos en recordar cómo vivió, rememorar sus anécdotas, los paseos en el campo o en la playa, las tardes de sofá y manta, las cosas que hicimos juntos… De esta forma, de vez en cuando esbozaremos una sonrisa aunque cueste, porque además, es lo que él querría. Nuestros perros no toleran vernos tristes, y desde donde estén, no aprobarían vernos hundidos por su partida aunque esto sea inevitable. Por esto último tenemos que hacer un esfuerzo, aunque nos cueste, porque cuesta muchísimo.

“Es natural que ellos se vayan antes…” dicen algunos, pero yo pienso que no debería serlo. Se han dicho muchas cosas acerca de por qué un perro vive tan poco tiempo, pero yo me quedo con una. Un perro vive su vida de forma muy intensa en cuanto a emociones, y es por eso que un año de sus vidas equivale a siete años de un humano. Porque su concepto de amor, lealtad, nobleza, empatía, amistad, complicidad, perdón y otros muchos más, están muy por encima de lo que nosotros sentimos y que nunca llegaremos ni a acercarnos. Una vez que uno comprende esto, ¿Cómo no va a sentir la pérdida de un tesoro tan valioso?

Se me viene a la mente una frase que dice, “los perros se parecen a los dueños…”, y no nos damos cuenta de que somos nosotros quienes, a lo largo de nuestra existencia, queremos parecernos a ellos por lo que he dicho anteriormente; en definitiva, porque son seres puros en los que no caben malos sentimientos. Los que convivimos y amamos a nuestros perros, corremos el maravilloso riesgo de volvernos mejores personas, porque ellos nos hacen mejores, incluso más sociables y tolerantes. Cuando se van de nuestro lado, nos obligan a recapacitar sobre cómo somos y cómo nos comportamos para así, mejorar y evolucionar. Ese es su legado: un rastro de amor incondicional eterno que nos ayudará a lo largo de nuestra vida a ser mejores.

Estas son reflexiones muy particulares, son mías, cada uno tendrá las suyas. Quiero dedicar estas letras a los que hace poco habéis perdido a un compañero, a un amigo; no diré nombres, vosotros sabéis quienes sois. Las lágrimas que ahora derramo son también por vosotros y por vuestros guerreros inmortales.

Antes de irme un rato a abrazar a mis perras, que son mi vida entera, os dejo estas palabras que un famoso escritor norteamericano le dedicó a su fiel amigo ya fallecido en el final de una novela que le dedicó, y cuyo título es “Mi perro Skip”, lo que es el reflejo de una vida de amor y de lealtad mutua entre ambos:


Lo enterraron bajo el viejo olmo del jardín, me dijeron… pero eso no es del todo cierto, porque donde realmente está enterrado, es en mi corazón.


Willie Morris recordando a su perro Skip.

Si habéis llegado hasta aquí, os lo agradezco de corazón, y si tenéis la suerte de compartir vuestra vida con un perro, no perdáis el tiempo, id a abrazarlo fuerte, sentidlo cada día, que él sepa que lo amáis, porque se lo merecen y porque este mundo es mucho mejor con ellos en él. Dedicadles al menos diez minutos al día a concentraros en el amor que le profesáis, porque es una experiencia única e inigualable.

Jose Luis Abad Gambero es educador y adiestrador canino. Desde el 2015 lleva realizando intervenciones en conductas indeseadas (agresividad, miedo, estrés, ansidedad). Formado en Educan y con formación complementaria en programas de reducción de estrés canino por Gedva .
Podéis contactar con él en su mail o en su facebook.

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